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¿RINOCERONTE?¿QUÉ RINOCERONTE?
Texto de Pablo Albo.
Ilustraciones de Lucía Serrano.
Editorial Everest.
Colección Leer es vivir, serie verde
(a partir de 8 años).
Abril 2010.
I.S.B.N.: 978-84-441-4523-5
81 Páginas | Rústica | 19,5 x 12,5 cm.
 
   

¿Rinoceronte? ¿Qué rinoceronte? es una novela corta infantil que pondrá los pelos de punta a los padres decentes. En ella se habla de un menor que comete tres intentos de atraco, obliga a un elefante a conducir sin disponer de carnet, se realizan trayectos en automóvil con grave riesgo de colisión, hay un atropello fruto de la conducción negligente, aparece una hermana que no asume la realidad y miente de una manera descarada, se produce el secuestro de un guardia jurado (aunque involuntario) y el padre que aparece no es amoroso sino malhumorado y gritón.

En el acta del fallo se decía: "El jurado del premio ha valorado esta historia con todos los ingredientes del perfecto cuento infantil, con imaginación, ironía y mucho humor."

 

 

 

¿Rinoceronte? ¿Qué rinoceronte?
(primeras páginas)

Hasta que pasó lo del erizo, en mi casa nunca habíamos tenido muchos animales. Algún perro, un par de gatos, pájaros, una tortuga... Me parece recordar que un conejillo de Indias, poco más.
            Bueno, también hubo mosquitos en las noches de verano, moscas de vez en cuando, alguna cucaracha que se colaba furtiva por la cocina, salamanquesas en la fachada (“Lagartijas”, decía mi abuelo, “toda la vida se les ha llamado lagartijas”).  En fin, nada fuera de lo común.
            Fue la llegada del erizo de tierra lo que marcó el inicio de todos los acontecimientos que terminaron por desbordar la capacidad de aquella casa en la que vivíamos y que a punto estuvieron de llevarme a la cárcel.

 

 

La llegada del erizo.(fragmento)

Antes de conocer a Flipi, nos parecía que un erizo de tierra era un animal poco adecuado para vivir en un domicilio. «¿Quién será capaz de tener un bicho de esos en una casa?», pensábamos cuando los veíamos en las tiendas de animales. Pero a Flipi no pudimos cerrarle la puerta de nuestra humilde morada por la manera en que llegó a ella. Nos lo trajo un vecino compungido en una noche de luna llena.
            -Le he dado un golpe con el coche, pobre –nos dijo-. En vez de salir corriendo y apartarse, cuando me ha visto venir se ha erizado y se ha quedado parado en medio de la carretera. Se le ve aturdido. Espero que no tenga nada grave. Yo salgo de viaje y no puedo atenderle, pero he pensado que a vosotros os deben gustar los animales y podríais haceros cargo de él –todo esto lo dijo en menos de medio minuto. Ese hombre hablaba a la velocidad del rayo.
            Su coche estaba parado en medio de la calle y delante de él había una bola de pinchos. Mi hermana fue a casa y volvió con el bolso negro de mi madre, el nuevo. Con ayuda de un palo y mucho cuidado lo metimos en él y nos lo llevamos a casa. El vecino reemprendió la marcha dándonos las gracias a través de la ventanilla.
            Los problemas empezaron cuando el erizo se negó a salir del bolso negro de mi madre, el nuevo...

 [...]

 

La avalancha.  

Flipi fue el primer animal “poco doméstico” que llegó a casa, pero no el último. Cuando la gente se enteró de que habíamos dado cobijo al erizo, empezaron a regalarnos ejemplares de todo tipo. Al principio perros y gatos, pero con el tiempo, especies de todo tipo: un dromedario, un jabalí, una salamandra que se quedó en la pared y apenas se distinguía entre el estampado del salón, una familia de mandriles, una cabra que se pasaba el día en lo alto de la escalera con las cuatro patitas muy juntas, un gorila sordo, un mapache (“¿apache?”, preguntaba mi abuelo) y hasta un pulpo que desapareció misteriosamente en la cocina. 
            Al final decidimos no admitir más animales y la gente dejó de regalárnoslos, pero se buscó otras tretas: los dejaban en la puerta de casa, llamaban al timbre y se iban corriendo. Así llegaron la cebra, el rebaño de ovejas, una chinchilla que venía de Montearagón, la rana arborícola, una docena de avestruces, las marmotas, la mofeta que siempre estaba lejos (o quizá fuéramos nosotros quienes nos apartábamos), la pareja de ciervos, la jirafa y la zarigüeya (“¿zari qué?”, decía mi abuelo). 
            Dejamos de abrir la puerta para que no se nos colaran más animales. Empezaron a echárnoslos por la ventana. Ese fue el caso del burro, de la liebre que hizo madriguera dentro del sillón, de la vaca, del oso pardo, y del equidna (“¿Equi qué?”, decía mi abuelo, “¡Menudo bicho raro!”).   
            Bueno, y no cuento las palomas que llegaron volando por su propia voluntad, lo mismo que el búho real, el águila imperial, el buitre leonado y las cigüeñas blancas.
            La verdad es que la abundancia de animales llegó a cambiar nuestros hábitos cotidianos. No solo porque había que salir de casa con cuidado para no tropezar con, qué se yo, una nutria, una koala o un buey que hubieran dejado en la puerta. Ni porque acercarse a la ventana fuera peligroso, te podía caer encima un burro o un armadillo. Ni siquiera porque hubiera que mirar muy bien antes de dar un paso o de sentarte. Me refiero a lo que pasaba cada noche con las cigüeñas, el erizo, las termitas y mi abuelo.

 

 

 

Lo de las cigüeñas, el erizo, las termitas y mi abuelo.
Cuando llegaron las cigüeñas, anidaron en la lámpara (después de echar a los periquitos que ahora viven encima de los cuadros de la pared y las miran con rencor). Solo nos dejaban tener la luz encendida hasta las diez en punto: ”Ya está bien”, parecían decir. Si no apagábamos la lámpara a las doce, empezaban a crotorar y no se oía la tele (“¿croto qué?”, decía mi abuelo).
            Apagábamos la lámpara y encendíamos alguna vela para que el rinoceronte no se topara con el sofá (mi hermana, aunque lo negara, tenía un rinoceronte que era muy propenso a tropezar con las cosas). Seguíamos viendo la tele hasta que llegaba Flipi y mordía el cable. Pobre, se quedaba erizado ya para toda la noche por culpa del calambrazo. ¡Hale, a comprar otro cable! Todos los días lo mismo. Y como hasta el día siguiente no estaban abiertas las tiendas, nos poníamos a leer un libro. Entonces llegaban las termitas y se lo comían. No es que odiaran los libros, es que estaban amaestradas. Hacían lo que yo les había enseñado.
            En cuanto nos quedábamos sin libros, mi abuelo, a la luz de las velas y en el silencio de la casa, empezaba a contarnos historias. Todos los animales callaban y se sentaban frente a mi abuelo para escuchar.
            Tuve que tomar medidas porque la gente ni siquiera respetaba el silencio y la calma necesarios para disfrutar de las narraciones de mi abuelo. Mientras contaba su historia podía entrar por la ventana... qué sé yo, un toro, un mandril o una culebra. Por eso puse el cartel:

POR FAVOR, NO ARROJEN ANIMALES POR LA VENTANA
             (al menos durante las narraciones de mi abuelo).

Tuvimos unos días de tranquilidad. Pero dos o tres días después de poner el cartel estábamos concentrados en el cuento de mi abuelo, cuando escuchamos unos ruidos en la puerta. Vimos que estaba cerrada y no le dimos importancia.
            Cuando mi abuelo terminó la historia y cada uno se disponía a irse a su cama, madriguera, cubil, nido, guarida, recoveco... en fin, a retirarse, vimos un elefante en la puerta. Dentro de casa. La puerta estaba cerrada. El elefante estaba un poco arrugado.
            Intuimos que aquella noche habría una historia extra. Nos quedamos allí y le hicimos un hueco. El elefante parecía asustado. Mi abuelo, sorprendido.
            -Pero, alma cándida, ¿por dónde has entrado?
            El elefante miró hacia la puerta.
            -¡Pero si está cerrada!
            El elefante miró hacia la rendija de la puerta.
            -¿Por ahí?
    
        El elefante bajó la mirada mientras con las patas intentaba inútilmente alisar las arrugas de su piel. Se quedó con nosotros. No le íbamos a poner nombre porque pensamos que no había otro elefante en la casa pero algo barritó al fondo del pasillo y entendimos que como mínimo era el segundo. Le llamamos Rendija. En su honor mi abuelo aquel día contó otra historia. La segunda historia fue de elefantes.

[...]                           

                                    Pablo Albo.                                 

   
       

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