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Pablo Albo
es
domador
de palabras.
Las somete todos los días a un
curioso
y exhaustivo entrenamiento.
Les redobla las esquinas,
les rebusca los recovecos.
Por aquella
manía que tienen
de decir lo que callan,
de sugerir lo que no han
dicho,
las palabras nunca son lo que parecen.
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