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Por qué narrar para animar a leer.
Ñaque nº49. Abril-mayo 2007.

Antes de empezar, aclarémonos: Por narración oral entenderemos, en este artículo, el arte del uso de la palabra, sin ningún otro tipo de aditivos, para contar cuentos.

No se entienda, por favor, como un menosprecio de cualquier otro tipo de artes escénicas que llevan otros nombres pero que en ocasiones se asimilan con la narración oral (especialmente en ese término tan ambiguo que es aquello de “cuentacuentos”).

Dicho esto, podemos anunciar al mundo algo que todo el mundo sabe, que la narración oral tiene, entre sus innumerables bondades, el acercamiento a la lectura. O dicho de otra manera: entre los muchos beneficios que aporta la actividad de escuchar cuentos encontramos el de animar a leer.  

No sólo eso: creo que no hay mejor manera de acercar a alguien a las historias escritas que mediante las historias habladas.

Antes de continuar, aclaremos: No me gustaría que se pensara que debemos contar cuentos para que los niños lean, como si escuchar cuentos no fuera ya en sí misma, una actividad enriquecedora. Creo que si contamos cuentos debe ser porque amamos las palabras, ya vayan por el aire o en un papel.

Aunque ese tema lo trataremos el próximo día, permítanme adelantarles que poner un empeño desmedido en que la narración oral “lleve” a la lectura a mí me suena a aquella actitud, todavía no desterrada, de obligar a realizar actividades después de la lectura “para que sirva de algo”, como si la lectura en sí misma no fuera ya una actividad enriquecedora.

 ¿Pero a qué viene esa seguridad de que contar cuentos anime a leer?

Son muchas las razones, que podríamos aducir. Expondremos aquí solo cinco:

 1.- La escucha y la lectura hacen al espectador sujeto activo.

Leer no es solo decodificar signos plasmados en un papel. Eso no sería placentero. Cuando leemos imaginamos. Eso es lo que nos gusta.

Escuchar no es solo decodificar sonidos. Eso no sería placentero. Cuando escuchamos imaginamos. Eso es lo que nos gusta.

Tanto quien lee como quien escucha una historia es un sujeto activo, es el encargado de crear lo que se le sugiere. Cuando decimos “había una vez un gallo” es la persona que lee o la escucha la frase la encargada de crear al gallo, de fabricarle mentalmente una imagen, la que imagina SU gallo. Por tanto:

-Quien ha escuchado muchos cuentos está más entrenado para imaginar lo que se le propone en la lectura.

-A quien ha leído mucho le resultará más fácil la escucha.

Y, lo que es igualmente importante:

-Quien ha escuchado muchos cuentos está más predispuesto a seguir escuchándolos.

Resumiendo: A diferencia de otras disciplinas creativas que muestran, la narración y la lectura sugieren. Quien escucha o lee es el encargado de poner imágenes, construir escenarios, poner cara a los personajes y  hacer suyo, como experiencia íntima e intransferible, lo que se cuenta a partir de sus propias vivencias anteriores.

2.- La escucha sirve de entrenamiento a la lectura y viceversa.

No voy a entrar en todos los aspectos formales que comparten la literatura escrita y la oral, pero evidentemente son muchos: el ritmo, las estructuras literarias, la musicalidad, las palabras. El niño con mayor bagaje de escucha está más capacitado para entender mejor lo que lee; comprende cómo son las historias antes de saber leer; sabe que tienen un hilo, un principio, una resolución, que pasan cosas... La lectura le resultará más fácil y por tanto estará más preparado para acercarse a ella.

 

3.- La memoria afectiva.

El tercer motivo es algo que no puedo demostrar pero de lo que estoy totalmente convencido y además me parece muy importante:

Creo que escuchar historias genera una especie de memoria afectiva. La lectura es un hecho solitario, pero no tanto si la referencia es con respecto a cuando alguien te cuenta algo.

La narración hace que la lectura suene a cosa humana, pone voz de persona al mensaje que alguien dejó escrito. No fue una máquina, no está aquí desde siempre. Cuando lees algo, alguien te lo está contando.

Tendría relación con eso que pasa cuando lees una carta de alguien y le pones mentalmente su voz, pero no me refiero exactamente a eso. No sería descabellado pensar que un niño que habitualmente escucha cuentos asocia la lectura con un hecho afectivo.

 4.- Lo que gusta no es leer sino conocer las historias contenidas en los libros.

Nadie leería como técnica de decodificar signos. Lo que encontramos en la lectura son historias. Con la narración (siempre que sea de calidad) despertamos el gusto por ellas, el placer por los cuentos. Anticipamos lo que vamos a encontrar en los libros. Si no hemos descubierto las historias para que vamos a aventurarnos en la lectura. Alguien se molestaría en abrir una nuez si no supiera que lo de dentro está rico. Alguien abriría un libro (con lo que cuesta) si no supiera que dentro hay una historia, un viaje, una aventura.

Podemos decirlo de muchas maneras, leer es divertido, es una vivencia, te emociona, te sumerge, vives aventuras... Repito, de decirlo hay muchas maneras, pero de vivenciarlo, la narración es la mejor manera.

 

5.- La narración: Granja-escuela de las palabras.

Hace un tiempo nos dimos cuenta de que, cuando a un niño se le proponía dibujar una gallina, lo que plasmaba en el papel era un pollo asado y envuelto en pvc sobre una bandejita de polis pan. Comprendimos por aquel entonces que las tiernas criaturas pensaban que la leche sale de los tetrabricks. Se abrieron por aquel entonces granjas-escuela para que el niño viera a los animales tal y como eran. Aunque sigue engañado porque sistemáticamente se le privó de ver la gallinas que ponían los huevos que él come hacinadas en jaulas mínimas, con el pico aserrado y las luces encendidas 24 horas. Pero ese es otro tema.

Alguien tendrá que hacer ver a la infancia que las palabras no salen de los libros sino que van a ellos. Alguien tendrá que decirles que las palabras vienen de las personas. Si no, puede perder su dimensión humana.

Hace poco, delante de mí preguntaron a un niño ¿qué es un cuento? y dijo que era una cosa cuadrada. Bien, es cierto, pero el libro no es el cuento sino su reflejo. El libro contiene el cuento y el cuento es un hecho de palabras y las palabras las transporta el viento antes de acabar en los papeles. Los libros son objetos. La lectura es al fin y al cabo la resignación, no tenemos a la persona para que nos lo diga, conformémonos con ver lo que dejó aquí escrito.

Leer es otra manera de escuchar.

 

 

 

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